La conservación de la biodiversidad (toda la comunidad de seres vivos que forman parte de los ecosistemas del planeta) y el bienestar social son complementarios, no opciones contrapuestas, como generalmente se presentan en las esferas políticas. Lo primero es sustentar esta noción que modifica la perspectiva de una supuesta contraposición entre desarrollo y conservación. Revisemos un ejemplo de nuestra realidad chilena.
Cada vez que un río como el Mapocho o el Bío bío reciben descargas de contaminantes con compuestos tóxicos, no sólo se eliminan los seres vivos del agua sino que también se afectan las condiciones sanitarias de las poblaciones humanas en Santiago y San Antonio (para el caso del Mapocho) o en Concepción (para el Bío bío). Por el contrario, cada vez que se conserva la calidad del agua, no sólo se mantiene la vida de invertebrados, plantas acuáticas, algas, peces y aves, sino que también se permite la continuidad del suministro de agua limpia y otros servicios para los seres humanos. Este ejemplo de la calidad de las aguas y el bienestar de los seres humanos y no humanos es obvio. Pero, si es así, ¿por qué en las esferas públicas y políticas se generan grandes tensiones entre las posturas de desarrollo y conservación? ¿Por qué en el discurso político se señala que la pobreza es el problema más urgente que afecta a Chile y a Sudamérica, pero la protección ambiental es equivocadamente presentada como un “lujo” para los países ricos? ¿Por qué los gobiernos justifican sus políticas económicas de libre mercado como una acción necesaria para superar la pobreza pese a que la distribución de la riqueza en Chile empeora cada vez más? ¿Por qué se privilegian modelos e indicadores globales por sobre las realidades locales?
Está casi de más decir que indicadores como el PIB o el ingreso per capita no reflejan el bienestar de la sociedad y estos indicadores pueden aumentar (de hecho lo hacen) aunque la distribución de la riqueza, por ejemplo, sea cada vez sea menos equitativa en cualquier país. ¿Dónde queda la calidad de vida de las sociedades humanas y no humanas, el patrimonio ecológico y cultural cada vez más amenazado que aún persiste en el país?
Las causas de la crisis ecológica y social actual, parecen derivar precisamente de la disociación entre los sistemas sociales y ecológicos y, por lo tanto, las soluciones podrían surgir de la re-conexión de estos sistemas. Para esto se necesita expandir nuestra noción convencional de ética, hacia todos los seres vivos (no tan solo los humanos). Ya que la primera ética que se puso en práctica (osea la moral) en las sociedades humanas fue la de mi relación con las otras personas, y luego fue la ética de mi relación con la sociedad; hoy es cuando, debemos dar un giro para integrar a los seres no humanos, un giro hacia la ética de la tierra o del medioambiente.
Para respetar y valorar a los seres no humanos y a las realidades locales en un país absolutamente centralizado, son necesarios cambios políticos y socioeconómicos que anteceden a nuestros hábitos y valores personales. Una ética ambiental requiere un énfasis en las praxis humanas locales. Tal énfasis podría contribuir a resolver las tensiones que se generan entre las tradiciones regionales y el orden socioeconómico impuesto por la globalización.
El Basa, código del Arte del Boabom, sugiere que debemos cultivar el respeto, la humildad y la disciplina dentro de la Escuela (y ojalá fuera de ésta…) Tal vez basta, en parte, con mirar a la comunidad de seres vivos no humanos que nos rodean (pájaros, insectos, cuncunas, plantas y musgos, etc) y como éstos se relacionan entre sí. A partir de este encuentro, muchas veces, nace el compromiso ético con la biodiversidad, que es también diversidad cultural. Este encuentro puede estimular nuestra conducta de respeto por los seres vivos no humanos, humildad al comprender que somos un componente más en una inaprensible trama viviente y disciplina en nuestras acciones que, de una u otra forma, afectan a nuestro ultra-conectado planeta tierra. Los seres humanos, junto al resto de los seres vivos, somos compañeros de viaje en la odisea del tiempo. Este viaje nos muestra que la biodiversidad va de la mano con el bienestar de los seres humanos.
Por Weziyau (Boabom – Sur)