Había un gato montés y uno casero, que eran amigos y solían cazar juntos. Un día tenían mucha hambre y persiguieron a un tierno y gordo conejito, que de seguro estaba sabroso. El conejo se escondió en su cueva, y ambos se sentaron a acechar la salida de la presa. El gato montés se sentó paciente, sigiloso y quieto. Sólo esperaba que la presa se asomara. Simplemente no se movía, ni siquiera giraba su cabeza. El gato de casa se aburrió casi de inmediato, se comenzó a mover, se revolcó en el suelo y comenzó a hablar con el gato montés: “vamos a cazar a otro lugar…”. Pero no hubo respuesta, su compañero salvaje ni siquiera se dio vuelta para mirarlo o contestar. El gato casero siguió hablando y sollozando: “hace mucho calor…”, “me duelen mis patas”…, “tal vez ese conejo no vale la pena”, “estoy aburrido”…, luego reclamó; “sabes, eres muy obsesivo…”, “en mi casa estoy más cómodo que contigo…”, “te crees el jefe”. Pero no hubo respuesta por el montés, ni habló ni se compadeció de su suerte o de la suerte de su compañero. Por fin el gato casero se fue, aburrido de tanta espera y de hablar sólo y comentó para sí mismo: “que rara es la naturaleza del gato montés”. Al momento que se produjo el silencio, por la lejanía del casero, el conejo se asomó, el gato montés lo agarró y se comió solo un festín inolvidable.
Fábulas e Historias Boabom por Asanaro (basado en las tradiciones de enseñanza Argan)